Oporto: aroma a lo pasado

La ciudad de Oporto tiene un toque añejo especial. Sus tortuosas calles y sus recovecos, solo descubiertos tras mucho callejear, imprimen un aire de antiguo, olvidado y mágico. Sus habitantes siguen comprando en los mercados tradicionales en los que las vendedoras vocean sus ofertas diarias, como el Mercado do Bolhaô, que mantiene una esencia de aquello que fue.

Una ciudad marinera que vive para su río, el Duero, y para su vino, el vino Do Porto. Un caldo fuerte y dulzón resultado de la mezcla del líquido de la uva con aguardiente. Un invento inglés para mantener el vino cuando lo transportaban de Portugal a Inglaterra, y que los portuenses adoptaron para mantener ese gusto único.

La lluvia de diciembre puede deslucir esta ciudad del norte de Portugal, pero sus casas de pintura desconchada y casi en ruinas hacen que ir allí en cualquier época del año valga la pena. Y es que, incluso cruzar sus peculiares puentes, varios de ellos construidos bajo las ideas del mismísimo Gustave Eiffel, impresiona. Por supuesto, otros detalles como el poseer la librería más bonita del mundo, la Librería Lello, la hacen aún más impresionante, si cabe.

Lo más curioso es la división de Porto (como la conocen allí) en dos ciudades totalmente distintas por el cauce fluvial; Oporto y Vila Nova de Gaia. En esta última se amontonan en sus calles adoquinadas todos los almacenes de vino y las bodegas más reputadas como Taylor’s, Offley, Sandeman, etc. Un recorrido excitante para los amantes del vino y su historia.

Sin embargo, yo soy de esas personas que defiende que hacer turismo requiere sumergirse de lleno en la gastronomía del lugar visitado.  Y en Oporto es todo un placer. Bacalao, lubina, carnes diversas y mucho dulce se mezclan en tabernas tradicionales que parecen no haber cambiado en años. Incluso los camareros guardan un aspecto y una gracia que recuerda a tiempos pasados. Genial. Eso sí, probar su plato típico, la Francesinha, requiere de tiempo y esfuerzo; sobre todo de un proceso de digestión largo y pausado.

Los tripeiros, como se les conoce por otro de sus platos típicos (las tripas de cordero en una especie de potaje) suelen asegurar que “mientras Oporto trabaja, Lisboa presume”, pero, en mi opinión, esta ciudad seguro que no tiene nada que envidiar a su capital.

Qué difícil es no querer viajar tras ver estos lugares.

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