Teorias de la juventud actual. Patologías de la enfermedad “indiferencia”.

La sociedad actual nos presiona, nos machaca y nos deja tirados como colillas cuando parece que no damos más de si. El estrés, la ansiedad, la falta de perspectiva, de objetivos  y  el existencialismo, entre otros, se han convertido en problemas endémicos de esta sociedad. Pero quizás lo más difícil sea el término sociedad, ya que es un singular colectivo que ahoga la idea del individuo, del cada uno. Y es que la sociedad es un cúmulo de muchos. Muchos que atraviesan momentos únicos como ser. La sociología es, por ello, complicada. Porque trata de abarcar un singular colectivo cuyo entramado dificulta dilucidar los problemas. Sobre todo, cuando ese colectivo es tan cambiante como lo son los jóvenes.  Sin embargo, la sociología me gusta, así como el divagar sin ser experta sobre temas psicológicos o teorías inventadas.

Hoy, la charla con mi amiga Sofía me ha hecho darme cuenta de nuevas patologías sociales que afectan a los jóvenes de las sociedades más acomodadas.

Por un lado, actualmente, la revolución vivida en Egipto ha sido orquestada por un grupo de jóvenes cansados de su falta de futuro. Hartos de un régimen  dictatorial que les robaba conocimientos e ideas aprendidas tras años de estudio. Jóvenes preparados envueltos en desigualdad y miseria. Aún con la posibilidad de ser torturados o asesinados en cualquier callejón, han seguido adelante y han involucrado a toda una sociedad contra su dictador. Prueba de ello, la Plaza Tahrir.

En cambio, aquí, no somos capaces ni de pensar en una huelga multitudinaria, que ponga a todos los jóvenes a luchar por un futuro mejor, que se reconozca nuestro esfuerzo y que se entienda y se responda a la llamada generación estafada. Y eso que aquí es difícil que te peguen un tiro. Nos hemos acomodado, tal vez. Creemos que lo tenemos todo.

Y con esto no comparo a los egipcios o tunecinos con nosotros, ellos tienen problemas graves, pero es un ejemplo fácil.

Quizás, el estigma esté en la siguiente patología concebida en una tarde de café y té con mi ya citada amiga. Existen diversas clases de jóvenes:

  • Los que luchan por conseguir unos objetivos muy determinados, que suelen pasar por estudiar a niveles universitario u otros y conseguir un trabajo que se adecue a sus expectativas (término importante).
  • Los que se conforman con lo que les toca y asumen (término negativo) que lo que tienen es lo único y que no pueden aspirar (término importante) a más.
  • Consecuencia, muchas veces de los anteriores, los que reniegan de los que estudian por considerar que son superiores y que ellos son inferiores. se frustran y son auntodestructivos, ya que pese a sus ideas se niegan a evolucionar – y en este último grupo esta el germen de los jóvenes actuales-.

Mi amiga me ha contado el caso de un joven que pese a tener, a falta de una asignatura, una carrera universitaria de gran dificultad, se ha puesto a trabajar en el puesto que ocupó su padre (que exige unas especificaciones académicas muy por debajo), dejando de lado sus aspiraciones y quedándose en casa de sus padres, pese a su ya avanzada edad. Según mi amiga, esta es una patología conocida en la psicología que hace “que un hijo se sienta mal consigo mismo si supera a sus padres“, tanto en nivel académico como laboral. Un problema serio que suele mezclarse con los que reniegan de los “intelectuales universitarios” (con tono respingón).

Lo que quiero decir es que falta cohesión entre los jóvenes y sobra indiferencia.

El querer luchar por un futuro mejor no solamente implica a los que han estudiado largo y arduamente, sino también a aquellos que por una razón u otra no han llegado a un nivel académico superior. Porque esta crisis de credibilidad en la juventud la sufrimos todos. Sin excepción.

Y el problema versa en la presión de que las generaciones deben superarse unas a otras, de que en el resultado está la justificación de todo, de que aquel que no estudia es un fracasado. Así lo refleja hoy Kevin Delaney en el New York Times al hablar de la china Amy Chua y su versión de como educar a los hijos, en su libro. Una forma algo tosca, sin tacto y estricta, que contrasta con la de cualquier occidental, “laxa, indulgente y demasiado preocupada por reforzar el amor propio”. No tanto, ni tan poco. “El ideal de estilos de educación es el de padres autorizados, que se comportan de forma contenedora con los hijos, marcando unos límites claros en un ambiente afectuoso y estimulante. Dan argumentos coherentes y atienden a los argumentos de sus hijos. No ejercen control sobre sus hijos, pero los comprometen para que sean responsables de sus acciones, tanto ante la familia, los amigos, como la sociedad.”, dicen por ahí.

En esta sociedad estamos fallando todos. Porque no pueden existir diferencias tan inquietantes entre los jóvenes; los intelectuales y los inútiles. Algo habrá que pensar…

¡Menuda he liado!

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